Selección de Carolina
Sharon Olds
“Mi hijo, ese hombre” Traducción: Gaby Sambuccetti
De repente sus hombros se volvieron mucho
más anchos
a la manera en la que Houdini estiraba su cuerpo
mientras otros le ponían cadenas.
Y parece como si
no hubiera pasado el tiempo desde que lo llevaba a su cuna,
tomando sus pantorrillas hacia su interior dorado,
tomándolo, levantándolo,
pesándolo.
Pero ahora apenas puedo imaginarme
que pronto ya no será más un niño,
y aunque sé que tengo que prepararme,
es decir, superar mi miedo a los hombres porque mi hijo se va a convertir
en uno de ellos,
esto no era lo que me imaginaba cuando salió de mí con la presión de un cuerpo
sellado que rompe hasta el hielo del Hudson,
parte el candado, deserpentea su encadenamiento,
y aparece en mis brazos.
Y ahora me está mirando
como Houdini miraba a su caja,
para aprender la clave de su fuga,
mientras me sonríe,
y deja que le ponga las esposas.
El momento exacto de su muerte
Era él cuando respiró por última vez,
mi padre, aunque había cambiado tanto
que nadie que no hubiera estado con él
durante la última hora lo hubiera reconocido:
su piel, corpórea, como grasa animal,
los ojos hundidos en la cabeza,
la nariz adelgazada, la boca abierta
con esa lengua dentro como afirmación de la muerte,
una lengua seca, ondulada, oscurecida.
Podíamos ver la flema
crecida al fondo de su boca,
pero aún así era él, los brazos enormes, pesados,
las manchas de sangre bajo la piel,
negras y precisas, hasta ahí lo acompañamos
en cada paso, era él, su última respiración
fue suya, no inhalada como fruto del deseo,
pero suya, ligera como una semilla de algodoncillo,
huyendo de su boca y flotando en la habitación.
Y cuando la enfermera intentó oír su corazón,
su vientre plateado era su vientre,
y cuando se quedó parada
y asintió, por un instante era plenamente él,
mi padre, muerto pero él,
un hombre con la boca abierta y
manchas oscuras en los brazos. Parecía
alguien muerto en una lucha sin sangre:
tensos el cuello y la base de la cabeza,
como halando hacia atrás con violencia.
Parecía estar quedándose quieto, luego la piel
se tensó levemente alrededor de su cuerpo
como si lo puramente material lo reclamara,
y después, ya no era mi padre,
no era un hombre, no era un animal,
acaricié su cabello lentamente,
alzando mis dedos por sus ondas grises,
la materia sin vida y radiante,
la materia del mundo.
La promesa
Con el segundo trago, en el restaurant,
tomados de la mano sobre la mesa vacía,
hablamos de eso otra vez, renovamos nuestra promesa
de matarnos el uno al otro. Estás tomando gin,
el enhebro azul noche
se disuelve en tu cuerpo, yo tomo Fumé,
mastico su tierra fragante y ahumada, estamos
recibiendo tierra, ya somos en parte polvo,
y donde sea que estemos, estamos también en nuestra
cama, encajados, desnudos, a lo largo uno del otro,
cercanos, embriagados
después del amor, entrando y
saliendo del borde de la conciencia,
nuestros cuerpos felices, entrelazados. Tu mano
se tensa sobre la mesa. Te da miedo
que me acobarde. Lo que no quieres
es agonizar en una cama de hospital por un año
después de un infarto, incapaz
de pensar o de morir, no quieres
que te aten a una silla como a tu impecable abuela,
profiriendo insultos. El cuarto en penumbras
a nuestro alrededor,
globos de marfil, cortinas rosadas
ceñidas por la cintura —y afuera
un anochecer de verano tan leve,
alto, luminoso. Te digo que no me
conoces si creer que no te
mataré. Piensa en cómo hemos flotado juntos,
mirándonos a los ojos, pezón contra pezón,
sexo sobre sexo, las mitades de una criatura
resurgiendo hasta el borde de la materia
y sobrepasándola —me conoces de la brillante
sala de partos salpicada de sangre, si un león
te tuviera entre sus dientes yo lo atacaría, si las sogas
que ataran tu alma fueran tus propias muñecas, yo las cortaría.
Selección de Alicia
Dos poemas de Mariela Laudecina (Ciruelas –Antología
2023)
El mundo no comienza
Acampa sobre los leones y en nuestras
cabezas
mundo es el ruido que hacen las bolsas del
supermercado
el postre lo es, el iglú
la tela de araña, su picadura
Un argentino
arronjándole piedras a un policía en el
congreso
podría ser un mundo
La piedra que es arrojada, también
Estamos agujereados
La identidad, no es lo que se dice que es
La tristeza es belleza
a la sombra de un jacaranda.
***
Poema
de Nina Ferrari
La próxima vez
Prefiero que el deseo se pudra al sol
Largue olor a
Traiga moscas
Incomode a los vecinos
Avergüence mi apellido
Manche mis antecedentes
Que dejarlo olvidado
Sin riesgo ni daño
En
el estante del freezer.
Poema
Claudia Masin
Yo quise alcanzar a través del cuerpo lo
que no era cuerpo
Como quien pisa por accidente una zona de
arenas movedizas
Y en lugar de resistir, se deja llevar
Se deja hacer.
¿Quería la muerte?
O quería conocer una fuerza diferente a la
de la supervivencia
Una fuerza que me arrastrara
Hacia el núcleo incandescente de la tierra
Ahí donde nadie quiere ir.
Es que ahí estabas
Yo tenía que ir donde estabas
No para conocer tu dolor,
Comprenderlo, hacer lo que hacen las
personas entre ellas,
Llegar hasta donde se pueda.
No, yo quería hundir mi mano entera
En el hueco que dejó la bomba que un día
Impactó en tu pecho,
Tocar las fibras destrozadas,
La sangre seca,
La confusión de venas y de arterias,
La prehistoria de la especie,
La yaga que no hay manera de nombrar.
El cuero de las bestias que aúllan dobladas
por un deseo insoportable
Que no saben detener
Que no saben calmar.
No fui capaz de derrumbar el muro
Que me separaba de tu vida material.
Lloré por no poder entrar.
Yo quería que sintieras, que sintiéramos
La liberación,
El alivio de ser algo más
Que la única y pobre cosa que éramos.
No hay manera.



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A mi hermano lo vi
ResponderEliminarDesdibujado
Con la cara entre algodones
Lo vi
Quieto
Reposado
Era niña
Tuve que estirar el cuello
Levantar los talones y asomarme
Allí estaba
Cercano
Inaprensible
Pude estirar la mano
Sacudirlo para que despertara
Sólo lo miré
Ya adulta
Un cajón desciende sobre su cajón
Me dijeron que adentro está mi padre
Mi padre y sus tumores
Mi padre y sus no palabras
A mi hermano lo vi
Desdibujado
Los algodones ocultaban el hueco
Las partes que faltaban en el cráneo
En el cerebro
El cajón de mi padre fue cerrado por la peste
No vi su cabeza entera y brillante
Su cabeza que guardaba el quiste
que siguió creciendo
Hasta la madrugada de su muerte.
En una vereda sucia se derraman sus ideas
ResponderEliminarLos proyectos de adultez
Las mil vidas que construía cada noche
Sus cientos de cuentas
Los números que faltaban para comprar la bicicleta
Se revuelcan en esa vereda
Sus retoños amarillos
Su casita en la montaña
Sus viajes de trabajo
Los partidos de básquet
Y las decenas de cumpleaños por cumplir
Esa vereda gris
Manchada de vómitos viejos
De orines de perro
Se tiñe del rojo brillante
De la intensidad de una vida trunca
El cráneo se parte
Como fruta macheteada
Libera sueños
Enojos
Amores
Posibilidades
Ese día
En esa vereda
Hubo vida y virtud como nunca.
Vaquita de San Antonio
ResponderEliminarPodría abrir el celular
o encender la tele
agotar así
el último minuto de la noche. Pero algo
inquieta el sueño, ronda una vaquita de San Antonio
extraviada en el techo. No quiero matarla,
será su destino si mi cuaderno la golpea y
contra la pared la aplasta. No tendría cómo
nombrar ese hecho, la intención culposa
ante el zumbido de uno, dos, tres y cientos de esos insectos
desesperados por no morir en invierno.
Apago la luz, oigo el recorrido
espero se detengan, ubico el lugar
-podría tirar abajo el cielorraso
dormir a cielo abierto, acostumbrarme
a ese aleteo vibrante que le da razón
al universo-.
No advertí esta mañana
ResponderEliminarcuándo tomé el auto
recorrí kilómetros
desvié rotondas
encendí un cigarrillo
vi personas sin rostros
siembras amarillas
un cielo turbio,
oí el silencio
de un perro en el camino, el chirrido de cubiertas
la estampida de un caballo, el grito de una mujer
el vuelco de un auto.
Suspendida la respiración y el movimiento,
ajeno mi cuerpo
al lugar donde todo ha quedado
quieto.
Pasan días meses
ResponderEliminary no me sale una
palabra
las tengo atiborradas
en un lugar donde
se mezclan
palabras vacías
rotas enteras
blancas azules
Le pido al viento
que sopla desde el sur
encontrarme con ellas
Y asi poder armar
mi propio vocabulario
con palabras graves
celestes amarillas